El ruido del agua que corría de los grifos se mezclaba con los sonidos metálicos de los cubiertos y los platos, creando una sinfonía caótica que llenaba la parte trasera de la cocina de Vicenzaoro. Giulia, con el cabello teñido de azul y sus numerosos tatuajes que contaban historias de rebelión y pasión, estaba sumergida en su trabajo de lavaplatos, rodeada de una nube de vapor y jabón. Sus manos, acostumbradas a raspar las huellas de un día de eventos, se movían con agilidad entre los platos, mientras en su cabeza rumoreaban las teorías de Nietzsche y las preguntas existenciales que la atormentaban.
Un plato particularmente incrustado llamó su atención. Mientras lo frotaba con energía, un reflejo capturó su mirada. Se detuvo, descubriendo un anillo plano de oro de 18 quilates, brillante y perfecto, con un diamante azul engastado en el centro. La luz de la cocina se reflejaba en la joya, creando un juego de colores que la fascinó. Giulia se sintió casi en trance, con el corazón latiendo fuerte mientras lo levantaba entre los dedos. Un pensamiento la atravesó: ¿quién podría haberlo perdido? Debía ser costoso, un objeto de lujo en ese contexto de elegante refinamiento.
«¡Eh, Giulia! ¿Qué tienes ahí?» la interrumpió Marco, un colega que nunca perdía la oportunidad de crear tensión. Su voz estaba cargada de sospecha mientras se acercaba, con los ojos fijos en el anillo.
Giulia intentó explicar, pero su voz se perdió en el murmullo de la cocina. «Lo encontré entre los platos, quiero devolverlo...»
Pero Marco, con un gesto rápido, le arrebató la joya de las manos. «No intentes hacerme creer que es tuyo. Siempre has sido una buena para nada. Esto es algo valioso, y tú...»
La seguridad del restaurante ya estaba en movimiento. Giulia sintió que su corazón se rompía. No solo por el anillo, sino por la convicción que Marco intentaba imponerle. Estaba cansada de ser etiquetada, cansada de tener que defender su dignidad en un mundo que parecía ignorar su existencia.
Cuando los agentes de seguridad se acercaron, Giulia levantó la cabeza, tratando de mantener la calma. «¡No he robado nada! ¡Lo encontré!», exclamó, con la voz temblorosa pero firme. En ese momento, sin embargo, no solo le preocupaba el anillo. Era el peso de las expectativas, de las injusticias, de una vida que parecía siempre oponerse a sus sueños.
Y aun así, entre el estruendo y el miedo, un pensamiento le cruzó por la mente: ¿qué pasaría si pudiera reclamar no solo la joya, sino también el derecho a ser quien era?