El frío de enero se infiltraba entre las calles de Vicenza, envolviendo la ciudad en un manto de bruma y luces brillantes. Las vitrinas de las tiendas se reflejaban en los charcos, creando un mosaico de colores que danzaban en la oscuridad de la noche. Dentro de un discoteca abarrotada, el ritmo pulsante de la música electrónica se mezclaba con las sonrisas y las risas de una juventud en busca de entretenimiento.
Anna, una lavaplatos de alma rebelde, se las arreglaba entre platos sucios y vasos vacíos, cantando en voz baja las palabras de una canción de De André. Su cabello de colores y los tatuajes que adornaban sus brazos contaban historias de libertad y sueños. Estudiante de filosofía, encontraba refugio en su universidad, pero su vida cotidiana era un constante contraste entre el arte y el esfuerzo. Trabajar en el discoteca le permitía salir adelante, pero su corazón anhelaba algo más.
Esa noche, mientras la música se intensificaba, los focos iluminaban los rostros de los bailarines. Entre ellos estaba Matteo, un joven orfebre exitoso, recién salido de la feria Vicenzaoro. Su elegante vestimenta y su encantadora sonrisa lo hacían parecer un príncipe en un mundo de mortales comunes. Pero en ese momento, él era solo un chico borracho, rodeado de amigos y de la frenética fiesta.
Sus ojos, nublados por el alcohol, se posaron casualmente en Anna. La vio, concentrada en lavar platos, con el rostro serio y concentrado. Había algo en su expresión que lo impactó, una inocencia mezclada con una fuerza que le hizo latir el corazón. Se abrió camino entre la multitud, como un náufrago en busca de tierra firme, hasta llegar frente a ella.
"¡Hey, tú!" exclamó, con la voz temblorosa pero decidida. Anna levantó la vista, sorprendida y un poco divertida. "¿Eres... eres la lavaplatos más encantadora de Vicenza?"
Anna no sabía si reír o escapar, pero Matteo, en un momento de locura, sacó de su muestrario un anillo extraordinario. El oro amarillo brillaba bajo las luces del discoteca, mientras que los diamantes parecían bailar como estrellas en el cielo nocturno. "Mira esto," dijo, arrodillándose, el anhelo de una propuesta que parecía surrealista. "No puedo y no quiero vivir sin ti a mi lado..."
El mundo a su alrededor se detuvo. La música se desvaneció, y en el estruendo de la fiesta, solo estaba el latido de sus corazones. Anna, impactada por la audacia y la dulzura de ese gesto, sintió una ola de emociones abrumarla. Un amor inesperado, un cruce de destinos, estaba a punto de comenzar.