El sol se alzaba lentamente sobre Vicenza, tiñendo el cielo de matices dorados mientras la Feria del Oro abría sus puertas para el primer día. El aire era fresco, lleno de promesas y expectativas, mientras los visitantes abarrotaban los pabellones, atraídos por destellos y reflejos que danzaban entre los escaparates. Pero para Elena, la joven ladrona internacional conocida en el mundo del crimen como "La Zorra", ese día era diferente. No estaba allí para admirar las joyas; estaba allí para robarlas.
Con una sonrisa astuta en los labios, Elena ajustó su chaqueta negra, su atuendo elegante pero anónimo, perfecto para mezclarse entre la multitud. Sus ojos se deslizaron furtivamente sobre dos joyeros que se acercaban a un auto de lujo, sus rostros iluminados por la alegría de un negocio cerrado. Con un gesto rápido, hizo señas a sus cómplices, Marco y Livia, que se escondían cerca, listos para llevar a cabo el plan.
A medida que se acercaban, el corazón de Elena latía con fuerza. No era solo la adrenalina del atraco lo que la hacía sentir viva; era el escalofrío de lo desconocido, la electricidad de la acción. Con un movimiento fluido, bloqueó el auto y, en un instante, los dos joyeros se vieron obligados a bajar, sorprendidos y confundidos.
“¡Alto! No hagan movimientos bruscos,” ordenó Marco, su voz firme pero cargada de tensión. Elena se acercó, su mirada se posó en uno de los dos hombres: un joven de cabello oscuro y ojos penetrantes. Su nombre era Alessandro, y mientras su mirada se cruzaba con la de Elena, se creó un instante de silencio entre ellos.
Elena sintió una intensa carga emocional, una energía que recorría su cuerpo como un rayo. Su distancia se redujo, y en un instante, sus manos la tocaron, tratando de alejarla. Fue una sensación inesperada; el contacto era tan real, tan poderoso. La joven ladrona se sintió vulnerable, como si ese simple gesto hubiera revelado un lado de ella que no conocía.
Pero la racionalidad volvió en un instante. Tenía que actuar; no podía permitirse distraerse. Con un gesto decidido, se liberó de su agarre, pero su mirada permaneció grabada en la de Alessandro, como una chispa que enciende una llama. En ese momento, entre el bullicio de la feria y el estruendo de corazones agitados, Elena entendió que ese atraco no sería solo un golpe que llevar a cabo. Era el comienzo de algo inesperado, algo que cambiaría el curso de su vida.